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                    <text>Articles de Pasqual Maragall a LA VANGUARDIA

07/07/1996
La Vanguardia, p.030, Opinión

Las ciudades: esperanza desbordante
Autor: PASQUAL MARAGALL
1. CIUDADES. La ciudad no está condenada. Hay una crisis, sí, pero en el término griego, hay
una crisis propia de la transformación.
Por eso pedimos a los arquitectos que lideren el intento de devolver confianza en la ciudad.
Porque la ciudad es la única esperanza de la humanidad.
La naturaleza es lo que nos han dado. La ciudad es lo que hemos hecho.
Podemos habernos equivocado. Las ciudades pueden no haber respetado el entorno, pueden
haber abusado de la naturaleza.
Reestudiemos nuestra relación con lo natural. Pero no condenemos lo convencional, lo
construido.
Lo histórico (lo sabemos) se asemeja a lo natural, lo consideramos patrimonio cultural.
Pero el auténtico dilema no está entre lo natural y lo cultural, entre lo que nos dieron hecho y lo
que hemos hecho, sino entre una cultura cívica obstinada y el abandono o la derrota frente al
océano de las megalópolis.
No es cierto que las grandes ciudades sean el fin de la humanidad. Tienen salvación. Es más,
las ciudades son la única solución de la humanidad.
Hay en ellas más posibilidades de instrucción, menos natalidad, más esperanza de vida, más
información...
Pero hay que poner alma en nuestras periferias, en los suburbios, calidad, calidad y calidad en
nuestros diseños periféricos, en los "terrenos de nadie".
Esto los arquitectos lo saben tratar, lo pueden hacer.
Los responsables públicos deben solicitarles ingenio y coraje y mediar entre ellos y una
ciudadanía a veces escéptica. Solicitar calidad a las dos partes: demanda y producción.
Barcelona quiere ser el lugar donde, a la entrada del siglo XXI, lo cultural, que es la ciudad,
tenga su lenguaje y su expresión.
2. METROPOLIS. Hace un par de años "The Economist" publicaba en portada una foto
terrorífica: un anciano cojo caminaba inseguro sobre un fondo del Bronx neoyorquino, casas
desvencijadas, porquería amontonada. El título era "Hell is an American city" (El infierno es
una ciudad americana), es decir, la definición de infierno es una ciudad americana.
Un informe exhaustivo que publicaba el mismo "The Economist" hace unos meses llegaba a la
conclusión de que todo lo positivo se correlacionaba bien con las ciudades y que las ciudades
centrales norteamericanas volvían a ganar población. Barcelona se citaba como una de las
ciudades esperanzadoras.

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¿Qué está sucediendo realmente? ¿Es cierto lo que nos martillean sin parar sobre que el mundo
ser sólo un puñado de megalópolis infernales?
Depende. El mundo ser -es ya- un sistema de ciudades, con varios modelos: el norteamericano,
el europeo, el asiático... y sus mezclas. En torno a las grandes ciudades, otras pequeñas.
En la costa, concentración; en el centro, despoblación. En el centro, capitales voluntarias:
estrellas solitarias en el firmamento azul, cuajado por otra parte de constelaciones, que nos
revela la foto de la Tierra desde el satélite: Madrid, Berlín, París, Moscú, Pekín, Brasilia...
Este sistema, estas ciudades, serán buenas o malas según nuestra capacidad -la de los
profesionales y la de los responsables- de entender cómo la gente puede y quiere crear calidad e
identidad, códigos propios de un hábitat.
La metrópolis es el modelo vital de miles de millones de ciudadanos.
Es la parte más dinámica de la Tierra.
¿Demasiado dinámica? ¿Demasiado consumidora de energía y de recursos naturales?
De nuevo, depende. En Barcelona pagamos 250 pesetas por 1.000 litros de agua y el consumo
desciende. En otras ciudades pagan la quinta parte, pero el resultado es que no tienen agua, que
baja la oferta, no la demanda.
Restricciones.
En Barcelona construimos unas rondas magníficas (que ahora nadie quiere mantener) y su
puesta en marcha redujo un 15 por ciento el tráfico en el centro de la ciudad. Esto nos permitió
dar más espacio a los peatones con la ampliación de aceras y la reducción de calzadas.
A veces la inversión es necesaria para reducir el gasto, y las obras para limitar la polución: el
metro y el tranvía serán otro ejemplo.
Curitiba está mejor que otras ciudades latinoamericanas; Seattle, que otras norteamericanas.
¿Podemos crear metrópolis policéntricas habitables? Podemos. ¿Podemos vivir sin ellas? No
podemos.
El tema es si las metrópolis de 30 millones de habitantes son habitables.
El tema es cómo podemos hacerlas mejores.
Hay que perder el miedo al tamaño. Antes nos asustaban, como Alberto Sordi en aquella
película, con los millones de chinos que un día u otro nos invadirían.
Ahora nos asustamos con las ciudades chinas que crecen al 12 por ciento y nos están quitando
empleos sin moverse de sitio. ¿En qué quedamos?
La cuestión es poderse asustar de algo y si puede ser lejano y de otro color, mejor.
Con Jiang Zeminh hablamos de todo esto. Este hombre está haciendo algo importante: explicar
China al mundo.

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Le pedí que liderara un movimiento de jefes de Estado a favor de dar a las ciudades confianza.
El fue alcalde de Shanghai y puede entenderlo.
Quitar confianza a las ciudades es quitársela a los ciudadanos.
La metrópolis son mejorables. Está inscrito en nuestro código genético el agruparnos. Ser
mejor que nos vayamos haciendo a la idea.
Invitamos a disminuir la congestión, la polución y la falta de significación de nuestras
periferias metropolitanas. Démosle la palabra.
No queramos resolver desde París un suburbio de Marsella. Instemos a Marsella, sin intervenir
demasiado, a formar su coalición metropolitana centro-suburbios.
3. RIO, ESTAMBUL, BARCELONA. En Río, en el año 1992, las ciudades no pudieron hablar
ante las naciones. La sala se quedó vacía.
Luego hablamos tres o cuatro veces con Butros Butros Ghali, en Estambul debía ser distinto.
En Río el tema fue el mundo. Pero en Estambul eran las ciudades.
Cada vez las dos cosas son lo mismo. Pero... una cosa es pensar globalmente y otra localmente.
Sin pensamiento local no hay pensamiento global viable.
Hay terror. O demagogia global o ideología global. Pero nada sostenible.
Por eso Estambul marca una diferencia. En Estambul finalmente las ciudades fueron aceptadas
como interlocutores, como "nuevos actores".
También eran nuevos actores las organizaciones no gubernamentales (ONG), las
multinacionales y los movimientos políticos y religiosos. Pero las ciudades se llevaron la
palma. Porque el tema era precisamente la ciudad.
En Pekín (cumbre sobre la mujer) las ONG marcaron la diferencia. En Davos, o en los debates
de Fortune, o en la Trilateral, son más bien las multinacionales.
Pero hay una ilación cronológica. En Río se pensó globalmente, pero el resultado fue: "Hágase
localmente todo lo que se pueda".
En Estambul se partió de esa premisa. Por eso también las ciudades hablaron.
Y las ciudades dijeron: subsidiariedad, carta mundial de la autonomía local, no exclusión.
Las ciudades llegan a la conclusión de que si no es juntas, no pueden mejorar del todo: la lluvia
ácida, las migraciones súbitas, el tráfico de drogas... Todo viene de otras ciudades.
Pero curiosamente, una vez juntas, su conclusión es esta: que cada una se arregle tanto como
pueda. En efecto. En Estambul las naciones dijeron a las ciudades: ustedes mandan, arréglense.
En resumen, el nuevo código es: establezcamos unas reglas internacionales de comportamiento,
un código simple de prohibiciones y derechos y, a partir de ahí, autogobierno, tan local como se
pueda: en el límite social, comunitario, individual.

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Por eso la discusión sobre los derechos fue tan dura. En Norteamérica un derecho ("derecho a
la vivienda") da lugar a expectativas legales efectivas.
En el Mediterráneo es más bien una proclamación indicativa.
Los jefes de Estado occidentales se asustaron y no fueron a Estambul.
Fidel Castro fue el rey ("¿Dónde están los que ensucian tierras, ríos y mares? ¿Dónde los que
niegan derechos?", se preguntó entre aclamaciones).
A. Bhutto exclamó, terrorista: "Las especies encerradas en un espacio insuficiente terminan
devorándose". Se refería a las megaciudades.
Pero las ciudades hablaron un lenguaje más sabio, no tanto de buenos y malos: proximidad,
autocontrol, respeto.
Y llegó Barcelona. Aquí, por primera vez, una manifestación de arquitectos, que llegaron a
cortar la Rambla. No s si pensar bien o mal sobre ello.
Por fin la calidad de vida mueve pasiones.
Por fin los constructores de nuestras viviendas se muestran como dioses y como humanos
corrientes. Por fin se discute acaloradamente de contenedores, transporte, casas y terrenos de
nadie: de lo que vemos cada día y nos oprime o nos estimula.
Lástima que no demostramos una gran capacidad de acogida, porque una ciudad es cada vez
más -como se dijo- un contenedor de acontecimientos, un lugar de contactos.
Barcelona, esperanza. Esperanza desbordada. Esperanza desbordante.
PASQUAL MARAGALL, alcalde de Barcelona

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